
Ella estaba a mi lado.
En el tren.
Llevaba unos auriculares,
Escuchaba música.
Yo también.
Le miré cien veces el escote.
Cien veces giré la cabeza antes
De que ella se diese cuenta.
Creo.
Nos miramos.
Sonreímos.
Y cada uno siguió a lo suyo,
Aunque eso no fuese del todo cierto.
Tosió.
Me rozó con el codo.
Mi cuerpo buscó el suyo.
Volvió a toser.
Nos miramos.
Le ofrecí un caramelo mentolado.
Siempre llevo caramelos mentolados encima.
Sonrió.
Y lo cogió.
Yo cogí otro.
Sonreímos.
¿Qué me quieres, amor?, pensé.
Cada uno siguió a lo suyo.
Mientras pudo.
Yo no pude.
Ella tampoco.
Después de un rato le dije…
No, no, no le dije nada.
Lo pensé.
Pero no lo dije.
¿Qué me quieres, amor?
La miré.
Me miró.
Quiero escuchar lo que escuchas
Hasta el día que me muera,
Esta vez sí me atreví a abrir la boca.
Se lo dije.
Sonrió.
Se sacó los auriculares.
Y me los dio.
No sabía qué hacer.
No saber qué hacer.
Me quité los míos.
Los auriculares.
Y se los di.
Todo lo mío es tuyo,
Pensé.
¡Y creo que se lo dije!
Sonrió.
Se los puso.
Me los puse.
Y allí nos quedamos,
En un vagón vacío
El uno junto al otro,
Escuchando una música
Que no nos pertenecía.
Ni a mí.
Ni a ella.
Y ahí quedamos.
Ninguno de los dos
Cayó en la cuenta de que hacía
Rato que había pasado nuestra parada.
¡Qué más daría!
Fuimos hasta el final,
Llegamos al final,
Y después volvimos
Otra vez todo el camino.
Atrás.
Y luego adelante.
Otra vez. Y otra.
¿Quién tenía prisa por llegar a casa?
Autor Fotografía: Francisco Diez