
A orillas del Támesis
Un acordeonista, cual caracol,
Lleva su casa a cuestas.
Una maleta con ruedas,
Manta a cuadros
Y el acordeón.
Un sombrero que yace en tierra,
Por si acaso cae algo.
Artrosis despiadada que dibuja
Manos zigzagueantes.
Una mueca en blanco y negro
Dirigida al auditorio:
No consigue articular
Melodía alguna.
Una nota que se escapa,
Otra que no llega.
Maldita vejez asquerosa.
Su trabajo, su pan.
Un perro que ladra.
Espectadores que lo abandonan
Y comienzan peregrinación.
Todos menos un niño,
Mísero como él,
Apenado como esta noche estrellada,
Que se acerca.
Ya alguna lágrima.
Llora con su acordeón,
De rabia e impotencia,
Mientras continúa acariciándolo,
Sin éxito,
En busca de algún sonido
Que le de esperanzas.
Ausencia.
Maldita vejez asquerosa.
Mira al cielo sin decir nada.
El niño le da una palmada en la espalda
Y todo lo que lleva en los bolsillos.
No es mucho o casi nada.
Pero es gesto que vale
Más que mil palabras
Y que todo el oro
Que hallarse pueda
En el mundo.
Autor Fotografía: Atilla1000

Qué melancólico estás.
Sí, la verdad es que sí, y no me gusta nada. Pero la historia de este acordeonista sí que me gusta mucho, no por él, sino por el maravilloso personaje del niño. ¡Es tan especial! Un beso, Núria.