Cuento Cruel

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El chico tenía 7 años cuando se cayó del séptimo piso. Estaba jugando con una niña en la azotea y para impresionarla se balanceó sobre la barandilla.

¿Quién no ha hecho en su vida tonterías para impresionar a alguien?

La barandilla cedió porque tenía uno de los dos costados corroído por el óxido. Se trataba de un edificio viejo, 30 años, que ya en su día era humilde.

Durante el descenso el chico no pensó en nada. Fueron unos breves instantes. El cine y la literatura han deformado mucho esa realidad, han querido hacernos creer que alguien, en momentos como ése, justo unos segundos antes de morir, puede dar repaso a toda su vida y estirar los segundos como si fueran un chicle infinito que se dilata hasta lo imposible. Falso. Las cosas son como son, y lo demás es ciencia ficción. Creedme.

El niño no pensó en la mierda de vida que llevaba.  No. No pensó, en esos breves instantes, en la porquería de familia que le había tocado en suerte. No pensó en su madre alcohólica, ni en las palizas que ésta le daba, ni siquiera pensó en cómo lo avergonzaba que le fuera a buscar al colegio.

El niño no pensó en su escacharrado abuelo, el cual no conservaba un solo diente en esa boca que no paraba de chupar colillas. No pensó en los guantazos que le asestaba siempre que le venía en gana. No.

El niño no pensó en la abuela materna y no lo hizo porque ésta hacía años que se había suicidado, lanzándose por la misma azotea del séptimo piso por la que el niño había empezado su andadura hacia el asfalto.

Y por supuesto, el niño no pensó en su padre, ese cerdo asqueroso que se pasaba el día pegándole de hostias o pidiéndole perdón y manoseándole. Ese padre, que por otra parte, llevaba años liado con la vecina, una tía fresca que llevaba la falda más corta que el cinturón que lucía. El chico no pensó en el romance de su padre, porque si hubiera pensado en ello, hubiese podido caer en la cuenta de que la niña a la cual quería impresionar, bien podía ser su hermanastra, ya que era la hija de la fresca de las faldas cortas.

No, el chico no pensó en todo eso, porque de haberlo pensado se hubiera cortado las venas a mordiscos durante el descenso, ¡no fuera a salvarse después de todo! El destino tiene esas cosas, y dicen que los milagros existen; puede que incluso, después de no morir tras el impacto y de obrarse el milagro, eso, puede que el chico lograse encauzar de alguna manera la mierda de vida que le esperaba. La suya y la de su familia. Y que se acabasen los gritos y los mamporros, y puede que sus padres se volviesen a enamorar el uno del otro, y que el abuelo se comprase una dentadura postiza y empezase a dar besos al chico. Y puede que por Navidad todos se comiesen las uvas felices al son de las campanadas. ¡Y puede que cantasen todos juntos! ¡Por qué no! A lo mejor, incluso, ese año sí que llegaba la bicicleta debajo del brazo de Papá Noel.

Pero no, éste no es un cuento con happy end, aquí el niño se estampa contra el negro asfalto. Se parte en mil pedazos. Y su sangre se esparce varios metros a la redonda. Salpica por todas partes. Con tan mala suerte que rocía de sangre un vestido blanco Yves Saint Laurent de una señora estirada, cuya cara moteada en rojo es un poema. Como es obvio, la señora se caga en el desgraciado del niño y de paso se acuerda de toda su familia.

¡Y es que, señores, la vida es así! Ni siquiera la niña, que lo veía todo desde la altura de la azotea, dejó caer una triste lágrima por el muchacho.

En fin, descanse en paz, que guerras ya vivió bastantes.

 

Autor Fotografía: Shahram Sharif

4 Responses to “Cuento Cruel”

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  1. Elena says:

    Y tan cruel, ¡me ha encantado! y no me suelen gustar los cuentos tan trágicos pero está contado de una forma distinta, con estilo diría yo.

  2. Núria says:

    Espero que tuvieras un día alegre, porque después de esto a ver qué fuerzas te iban a quedar…

    Me encanta tu blog.

  3. iolanthe says:

    Es trágico y gore con el recreo del esparcimiento de los trozos y la sangre del muchacho. Quiero pensar que esa señorona vestida de alta costura también tiene corazoncito y que la cría en lo alto no derrama lágrimas del susto y que echará en falta al muchacho en las tardes que compartían. Muy gráfico. Saludos

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