
Después de la muerte de mi hija, la vida dejó de tener mucho sentido para mí. Me encontraba completamente hundido. Vagaba por las calles sin rumbo fijo, caminaba y caminaba como si esa penitencia me la fuera a devolver. Podía pasarme ocho horas al día caminando, destrozándome los pies y la existencia. Cuando estaba cansado de verdad, me sentaba en cualquier banco de la ciudad y me dedicaba a observar a la gente. Pasaban con prisas, con urgencias, como si la vida les fuera en ello. ¿Era realmente necesario vivir de aquella manera? Me refiero a ellos y a mí, a los de las carreras y al muerto en vida en el que me estaba convirtiendo. Tienes que esforzarte, me dijo un amigo con una noble sinceridad, debes luchar para superarlo, se lo debes a ella. Y lo intenté. Pero era tan difícil salir de una habitación completamente oscura en la que no veía nada, una habitación que no tenía paredes, ni puertas por las que poder huir, una habitación que era infinita como la angustia, como la ausencia, como la soledad. ¿Qué podía hacer? Salvo gritar y llorar y seguir vagando por las arterias de una ciudad que poco a poco me consumía.
Mi mujer me abandonó siete meses después de perder a nuestra hija. No voy a culparla por ello, ni a decir que la muerte de Marta provocó nuestra ruptura, porque lo cierto es que nuestro matrimonio hacía años que no funcionaba. No hubo terceras personas, ni tampoco fuertes discusiones, simplemente nuestro amor se agotó, como se agotan las palabras, como se terminan los poemas o las novelas, incluso aquéllas que no deseamos que terminen nunca. Ésas también se acaban. Nuestra novela se terminó porque a nosotros ya no nos unían ni siquiera el dolor. Ni siquiera eso.
Tenía entonces cincuenta y nueve años y muy pocas esperanzas. A pesar de todo luchaba por salir adelante, como me pedía mi amigo. Cada día se convertía en una pequeña batalla que superar, y que superaba si no me arrojaba a las vías del tren o no me lanzaba de la azotea de cualquier edificio. No quiero frivolizar sobre el suicidio porque sé que es un tema demasiado delicado y complejo, pero no puedo dejar de pensar en aquellos momentos de esa manera, porque me encontraba vacío, sin nada dentro de mí que mereciese la pena salvar del naufragio. Para mí dejar de existir era un acto natural, tan natural como pudiera ser respirar o crecer.
Llegó el invierno. Y el frío. Y por el contrario de lo que se pueda pensar ese tiempo helado mitigó de alguna manera el dolor, como si mis sentimientos se hubiesen congelado como las calles que transitaba. Un día, el único, no diría feliz, pero sí de ausencia de penas en mucho tiempo, vi nevar durante algo más de media hora, sentado en uno de esos bancos que utilizaba para observar la esquizofrenia del mundo. Acabé cubierto casi por completo de nieve. Ver nevar es un acto que no se sabe muy bien por qué, pero que, a la gente que no está acostumbrada a verlo a menudo, siempre transmite alegría, satisfacción. Y no es que viese nevar, yo era nieve, formaba parte de la gran nevaba que estaba cayendo. No había nadie cerca. Nadie. La nieve y yo. Nadie más. Sonreí. No recordaba la última vez que lo había hecho. Poco importaba que pudiese pasarme más de dos semanas en cama. Y fue entonces, pensando en esa serie de cosas, cuando lo decidí: dejaría la ciudad y me iría a vivir a algún lugar remoto, a un pueblo pequeño, muy pequeño, perdido por alguna sierra poco transitada, con pocos habitantes, un sitio frío donde crearía un nuevo hogar, un hogar para una familia de un solo miembro, un hogar donde podría ver nevar a menudo, donde podría encontrarme conmigo mismo nuevamente y no volvería a ver correr a gentes de un lado a otro sin más destino que un precipicio lleno de vacío. No, nunca más.
Tras varios meses de búsqueda, por fin localicé un pueblo que se ajustaba a mis necesidades. Se llamaba Dorit. Era tan humilde que ni siquiera aparecía en los mapas corrientes. Fue una poetisa amiga de mi ex mujer quien me puso sobre la pista. Ella se había escapado, años atrás, a este lugar recóndito del mundo para terminar una obra con la que llevaba demasiado tiempo peleándose. Me bastó una breve conversación con ella, para convencerme. Tenía que intentarlo. Cogí el coche y con las cuatro referencias que me había dado, conseguí llegar a las puertas del cielo, que es lo que me pareció, a primera vista, Dorit. Aunque más que de pueblo debería hablar de aldea, ya que se trataba de apenas una veintena de casas rurales rodeadas de una basta alfombra de nieve. A lo lejos se veía la garganta de la montaña, una especie de barranco, creado por la erosión de siglos y siglos de agua cayendo desde el pico. Le confería al territorio una visión única y aislaba a Dorit del resto de comarcas. De hecho, el pueblo más cercano estaba a trece kilómetros, una inmensidad si contamos con los caminos empedrados que los unían. Durante el duro invierno, Dorit podía quedar incomunicada varios meses. Por esa razón, la mayoría de los habitantes que aún vivían allí, gente mayor sobre todo, migraban esos meses a otros pueblos o a la ciudad a casa de algún hijo o familiar. Sin lugar a dudas Dorit era el lugar ideal para mí.
Vendimos la casa en la que Marta, mi mujer y yo habíamos vivido los últimos veintisiete años. No hubo problemas a la hora de repartirnos el dinero porque en realidad yo no quería nada. O casi nada, cogí sólo lo que pensé que iba a necesitar en mi nueva vida. Dejé el trabajo y me despedí con abrazos sentidos de las dos únicas personas a las que iba a echar de menos, mi secretaria y la mujer de la limpieza. A nadie le extrañó que lo abandonase todo, porque hacía algún tiempo que había dejado de ser el tipo alegre, responsable y eficaz que siempre había sido. Hice la maleta, en la que no quise meter ninguna fotografía de mi hija, quería que el recuerdo, que de ella quedase en mí, fuera envejeciendo y no se quedase anclado en un único instante de su vida, el de la fotografía que eligiese. Así que no elegí ninguna y de Marta me llevé mil momentos para recordar, todos y cada uno de los días que me quedasen por vivir. Nada más.
Ahora que lo pienso con la frialdad que sólo da el tiempo, puedo decir que lo que hice fue una verdadera locura. Entonces no lo pensaba, quería desaparecer sin más, alejarme del vértigo que me producía la ciudad y huir a un lugar donde la vida fuera de otra manera. Nunca olvidaré la cara que pusieron Aureliano y Juana (que eran los dos únicos habitantes en aquel momento) cuando llegué al pueblo. Estoy seguro de que si hubieran visto a un extraterrestre se hubiesen extrañado menos. Aureliano era un hombre delgado, rudo, curtido, de tez oscura y mirada profunda. Había algo en él que transmitía tranquilidad, cercanía, sencillez. Rondaría los 70 años. Juana era su hija, mediana estatura, ancha (sin estar gruesa) y unos mofletes colorados que resaltaban por encima de cualquier otra cosa. No llegaba a los 50, aunque su piel tersa y brillante la hacía algo más joven. Cuando les expliqué que quería comprar una casa e instalarme definitivamente en Dorit, creyeron que les estaba tomando el pelo. Aun así, fueron muy amables y considerados conmigo.
Hacia la mitad de la tarde ya me había instalado completamente en una de las casas. Era algo provisional, porque el dueño, un tal Eugenio, no volvería hasta mediados de marzo. Aureliano me aseguró que, si de verdad estaba interesado en comprar, por parte de Eugenio no habría problema, puesto que aún tenía otras dos casas vacías, aparte de la suya propia. Da la casualidad de que fui a parar a la misma casa que había alquilado la amiga de mi ex mujer, la poetisa. Me hizo gracia pensar que el eco de sus palabras todavía resonaría por las habitaciones.
Por fortuna, el resto de la tarde-noche lo pasé en soledad. Mientras ellos estaban atareados en sus quehaceres, yo estuve observando el universo a través de mi ventana, primero el atardecer, después las estrellas. ¿Es posible que fuera la belleza la que contrarrestaba mi dolor? ¿Es posible que, de alguna manera, hubiese tenido que huir para apreciar una belleza que siempre estuvo ahí? Le di vueltas al asunto durante bastante rato, y en ésas estaba cuando oí la voz de Juana que sonaba más allá del camino y que me anunciaba que la cena estaba lista. He de reconocer que hasta entonces ni siquiera había pensado en ello, en comer. Y no había comido en todo el día. De pronto me entró hambre. Y me pareció una reacción absurda, puesto que un minuto antes ni se me pasaba por la cabeza la necesidad de ingerir más alimento que la perfección que veía a través de mi ventana.
Cenamos en silencio. Bebimos vino. Cuando terminamos, nos sentamos con un orujo entre las manos entorno a la chimenea. El orujo ardía como debe arder el infierno, pero sentaba a gloria. Lo tomamos también en silencio. Al final fue Aureliano quien rompió el hielo.
-Aquí no tenemos televisor, así que miramos las llamas –dijo sonriendo, pero sin intención de hacer gracia.
Volvimos a quedarnos callados durante un buen rato, sin que ello nos incomodase. Sólo Juana me miraba de vez en cuando y hacía algún amago de movimiento con la boca, como queriendo empezar una conversación que nunca arrancaba.
-A veces nos contamos historias de terror, –dijo finalmente Aureliano–. Bueno, en realidad es ella la que cuenta esas historias. Yo escucho. No tengo imaginación. En Dorit siempre sopla el viento por las noches, ¿sabe?
Desde cualquier punto de vista, Aureliano y Juana, eran las dos personas más extraordinarias que había conocido jamás. Si hubiera tenido que imaginar con quién me hubiese gustado compartir esos momentos, no hubiera acertado a inventar dos personalidades tan entrañables. Se comportaban como si no hiciera falta que les contase mi dolor. Allí, con ellos, más que nunca las palabras sobraban. Me entendían como si llevásemos años de convivencia. Lo agradecí. Aunque lo cierto es que, desde mi llegada a Dorit unas horas antes, me sentía cada vez más vivo y menos propenso a la flagelación psíquica de los últimos meses. Disfrutaba de esos silencios eternos que nos unían y disfruté, también, de la conversación delirante e ininterrumpida que al final tuvimos, después de que Juana nos contase una de esas historias de terror donde el viento silbaba como si fuera aullidos de lobo. Creo que incluso acabé riendo aquella noche, lo cual no dejaba de ser sorprendente teniendo en cuenta mi estado de ánimo en semanas anteriores.
No sé muy bien cómo, supongo que el aguardiente acabó haciendo su efecto, pero terminamos en el porche de la casa, sentados los tres juntos en un banco alargado, tapados cada uno con una gruesa manta y viendo la luna, que aquel día era llena. Hacía mucho frío. Pero no importaba. Nevaba. Los copos caían como serpentina a la luz de la luna. Fue maravilloso. Me acordé de mi hija, de Marta. Recuerdo que pensé que me hubiese gustado que estuviera con nosotros compartiendo esos momentos mágicos. No me entristecí, porque me dio la impresión de que ella ya estaba ahí, a mi lado, tapándose con la manta hasta la nariz y besándome a hurtadillas en la cara como hacía de niña. Sentí que no se marcharía jamás. Ella seguiría siendo mi ángel. Para siempre. Esa noche, mi primera noche en Dorit, gracias a ella todos fuimos ángeles.
Autor Fotografía: Pink Sherbet

Hola, ya había leído tus relatos en Fergutson, y además tengo los libros, pero mirando tu blog me ha dado por releerlos y he de decir que no recordaba lo buenos que eran. Curiosamente, Cuando fuimos ángeles no es el que más me gusta, tal vez un ambiente más sórdido como el club de Penny, me engancha más. De todas formas están muy bien, y tu blog me ha enganchado. Espero ansiosa la segunda parte de la entrevista. Un saludo desde ASTURIAS.
Hola, Gemma. ¡Qué ilusión me ha hecho tu comentario! Yo también he leído tus relatos y también tengo uno de tus libros, el del detective. La verdad es que los halagos los tomo siempre con mucha frialdad (como las críticas negativas), pero esta vez me han alegrado el día por venir de ti. Creo que de la generación Ferggie están saliendo muchos valores de futuro. Entre esos valores estás tú, por esa razón te deseo toda la suerte literaria del mundo (y que te pases de vez en cuando por mi mundo). Gracias infinitas.
PD: Joer, qué envidia, yo hasta dentro de 2 ó 3 meses no podré ir a Asturias.
Quise decir Pub, no sé por qué he puesto club. Ahora ya me despido.
Sin embargo a mí, me enganchó más este relato, por eso siempre digo que no hay malos ni buenos relatos, sino simplemente en el momento de leerlos y como estés de receptiva para poder atrapar todas las sensaciones que el autor ha querido dejar en el aire para que el lector descubra lo que más necesite. Para mí ya sabes que “9 minutos” es mi favorito pero este es el segundo. Gracias por traernos pequeñas reflexiones cada día por aquí. Un beso querido compañero.
Amigo Raül:
Estas líneas son para confesarte un delito muy grave que he cometido y que aquí y en todas partes del mundo se le conoce por el nombre de “Plagio”.
Cuando esta aventura Fergutson se inició el pasado septiembre, leí todos los relatos. No me gustó en particular uno escrito por un autor (obviamente desconocido) que se llamaba Raül Pere… “El Pub de Penny”. La inmadurez de la juventud que ya creía perdida por los años vividos, resurgió con intensidad al ver que ninguno de mis relatos había sido elegido como finalista y que ese muchacho lograra llegar hasta el final con su mini relato balanceándose en mi querida “Hoja de Maple”, provocó desilusión, frustración y abandono de mi mismo.
La reflexión de los años se impone a la inmadurez. Continué en el certamen de noviembre olvidándome de Raül Pere, e ignorando también, a muchos otros que aparecieron intentando desordenar nuestra casa editorial. Mi obsesiva afición de lector continuó y participé como escritor con “Tus linderos”. Descubrí muchos relatos hermosos en ese certamen de octubre, entre ellos el relato “Cuando fuimos ángeles” de un gran Señor autor, llamado Marco S.F. Más que nada, me conmovió y me identifiqué con tantos divorcios que sin haberme casado he tenido que realizar, buscando refugio en tierras lejanas, evadiéndome de un presente no deseado. Otro relato que me cautivó por su intensidad de un hecho tan monótono fue “9 minutos” de un autor súper profesional llamado Norbac. Cuando la lista de finalistas se anuncia, el Señor Marcos S.F. me agradece mis comentarios y eleva mi ego juvenil hasta el punto de obscurecer mis canas, cuando dice que soy un tipo que pongo al alma en cada una de mis palabras. Ahí también me confiesa que él es el autor de 9 minutos.
Este 24 de Diciembre pasado, recibí desde tu lejana España algo tan anhelado como el paquete que contenía mis 16 libros de “Dios muere, Dios nace”. También venía un ejemplar de “Cuando fuimos ángeles” (por venir ahí incluido mi relato de “Tus linderos” y donde inclusive descubro, que Marcos S.F. está usando el seudónimo de Norkin Gilbert) y como regalo especial por mi cumpleaños, un ejemplar de “Las vacaciones del detective”.
La aventura vivida al recibir ese paquete, te la contaré en algún futuro relato. Me concentraré a confesarte mi pecado y que al principio lo humanizo y disfrazo llamándolo delito.
Al siguiente día de recibir tan importante paquete, salí con destino a mi tierra del sur donde pasaría dos semanas en compañía de la familia, pero lo más importante para mí, estar a un lado de mi señora madre. Metí absolutamente todo en una gran maleta sin importarme el riesgo de pagar exceso de equipaje y en una pequeña mochila (que siempre traería conmigo más que colgada, pegada) metí mis 16 libros y el de cuando fuimos ángeles. “Las vacaciones del detective” podría esperar y lo dejé en casa. La ilusión de regalarle un libro a cada uno de los miembros de mi familia, sólo era superada por el amor sentido de poner “Dios muere, Dios nace”… en las ancianas manos de mi madre. Dios muere, Dios nace y Dios se pega… ya que nunca me separé de mi mochila durante todo mi viaje.
La encontré a mi madre en su sillón eterno. 87 años acumulados en un cuerpo atacado por el Parkinson estático desde hace una década. Con un corazón que escasamente late entre 40 a 50 veces por minuto. Una diabetes donde el azúcar le sube y baja como un columpio sin control. Ausencias, contradicciones y confusiones difíciles de aceptar al ser traídas por la temible señora llamada Doña Demencia Senil. Todo eso carece de importancia ya que aun sabe que soy su hijo y lo mucho que la amo.
“Desde lo más profundo de mi corazón te dedico este libro… sin ti, un logro así nunca hubiera sido posible. Te quiero y te adoro… tu hijo Luis Alfonso”. Un terremoto de muchos grados, volcánico y con lava sacudió mi alma cuando puse ese libro en sus manos. También le entregué el libro de cuando fuimos ángeles diciéndole que ahí se encontraba una de mis historias, aclarándole que ese libro no se lo dejaría ya que nada más tenía un ejemplar. Apartó su eterna novena de la Virgen del Perpetuo Socorro, y sin abrir los libros, los estuvo acariciando por varios minutos como si fueran dos de sus nietos… los que tuviera en sus manos.
Dos semanas… siempre estuve a su lado. Por momentos dejaba sus novenas y abría los libros que leía por un par de minutos. A esa edad y en su estado, un minuto parece una eternidad, pero lo más importante fue que a su lento paso estaba leyendo mi relato. A ratos dejaba el mío y leía el libro de cuando fuimos ángeles. Yo la dejé hacerlo a su manera, pues bien sabia que entre novena, plegaria y rosario, llegaría al término de su lectura.
Impotencia frustrada al ver que la Señora Demencia no le dejaba de molestar. Por momentos, a mi hermana la mayor le dice mamá. A mí me cambia de nombre y me llama como a su hermano que hace mucho que murió. Se acurruca conmigo como si fuera un bebé y todavía me da su bendición cada noche pues no se le olvida que es mi madre.
La realidad es “su” realidad y no hay poder humano que le haga entender lo contrario. Aun piensa que volverá a caminar. Quiere tejer cuando no puede ni sostener las agujas. Tuve que darle una buena propina al hombre que con su carreta pasa todos los días a las 4 en punto anunciando a todo pulmón su nieve “dulce” de limón… para que cambiara su ruta. Se le antoja y reclama su copita de tequila antes de comer. Contradice todas las predicciones de cardiólogos y neurólogos diciendo que ella está y estará bien. En todo, si por algo para ella es rojo, aunque sea negro o blanco, rojo se queda.
El tiempo se come los días y me anunció con altavoces mi regreso. Viernes ocho de enero… A media noche tenía que tomar el autobús que me llevaría a la costa del pacifico, para desde ese centro turístico tomar mi vuelo de regreso. Esa mañana le pregunté a mi madre si había terminado de leer mis relatos – estaba temeroso de que la Virgen del Perpetuo Socorro me hubiese ganado el Premio de Literatura Novel – Si, ya los leí – me contestó y agregó – En la tarde te digo lo que me parecieron, después de que me compres… mi nieve de limón. Mi hermana que se encontraba a un lado, me dijo… cómprasela… mañana le doy su pastilla de Metformina y con eso se le estabiliza su nivel de azúcar. La tarde llegó y la nieve de limón también. Fue hasta entonces que me llamó y le pidió a la enfermera que nos dejara solos, pues quería hablar en privado conmigo. Siéntate aquí a mi lado – me dijo – Tomó el libro de Dios muere, Dios nace y comenzó a hablar. Disimuladamente coloqué la novena de la Virgen en mis manos implorando ¡Socorro!, porque el gran veredicto anunciaba llegar.
Este cuento (Dios muere, Dios nace) No me gustó… ¿Por qué usaste nombres tan raros? – y comenzó el regaño – Míster Gawor, Edward, Johan, Birgit… ¿Qué no pudiste haber usado unos nombres más “normales”? ¡Pero mamá! Así es que como se llaman en la realidad… pero se los pudiste haber cambiado – reclamó y continuó – Además, aquí hay otras cosas imposibles de entender… ¿Cuáles mamá? Esto que dice aquí… “Don’t forget me”… Y también aquí – se pasó a la pagina 25… ¿Do you feel better?… I’m O.K. ¡Pero mamá! Eso es Ingles, porque ellos hablaban ¡Ingles! Inmediatamente recalcó… el cuento está en Español ¿o no? Tienes razón mamá… tienes razón. Te prometo que le haré esos cambios. Yo creo que alcanzó a ver cómo mis aspiraciones literarias se derretían y escurrían por el suelo, pues de inmediato y con expresión de consuelo me dijo… este cuento – tomó con su temblorosa mano el otro libro – me dije a mi mismo… ¡Alcanzó a llegar hasta el relato de “Tus linderos”!… Este cuento, sí que te quedó muy bonito y me hace sentirme muy orgullosa de ti… indicándome el relato de “Cuando fuimos ángeles”.
¡Hacerle entender que ese relato no era mío señalándole el nombre en la parte superior!… me hubiese regañado de nuevo por haberme puesto ese seudónimo tan raro de Norkin Gilbert… explicarle que en el libro son diferentes autores… tampoco. Lo que para ella es rojo, rojo se queda. Así que sin tomarle el parecer al buen hombre de Marco S.F. me coloqué sobre mi espalda las grandes alas de su ángel de Dorit y con lágrimas en los ojos abracé a mi madre con el amor que se le puede dar a alguien que sabes… que a lo mejor será por última vez.
En menos de 24 horas ya me encontraba a bordo del vuelo que me traería hasta estas tierras congeladas del norte. Saqué el libro de mi mochila “Cuando fuimos ángeles” convencido que había sido lo mejor… no habérselo dejado. De seguro, que si hubiera continuado con su lectura, me habría regañado por usar la palabra “Cabrón” o a lo mejor se habría preocupado de que me colgara el diabólico talismán de Gloria Losada o lo que sería peor… que se le provocara un coma diabético por creer que ya me había cambiado de sexo cuando leyera “Soy mujer” de Rosi Serrano… y si… fue mejor no habérselo dejado.
Más de cinco horas de vuelo, es mucho tiempo. Al ser ya de noche, encendí la luz individual de mi asiento y con lentitud de lectura casi como la de mi madre, comencé a leer el libro disfrutando palabra por palabra. Cuando termine de leer y gozar el relato “Cuando fuimos ángeles” confirmé lo que pensé y sentí la primera vez que lo leí y reafirmé lo que unas horas antes mi madre había dicho… es un gran relato. Me sentí tranquilo y confiado al reflexionar, de que tan pronto como llegara, le solicitaría por email a la editorial la dirección electrónica de Marco S.F. para darle una disculpa por lo ocurrido. Continué con la lectura de los siguientes relatos, disfrutando de nuevo cada uno de ellos, con excepción del de “Tus linderos” pues la verdad, no creo… que ese escritor… sea muy bueno. Cuando terminé el último, me di cuenta que como en el libro de Dios muere… contaba con unas páginas extras al final de las biografías de los autores. Lo primero que leí fue… Norkin Gilbert es el pseudónimo de Raül Pere… ¡Dios mío!… La pesadez de mi conciencia provocó una baja de presión, que casi escucho al piloto anunciar un aterrizaje de emergencia.
Ahora, un tiempo después de mi vergonzosa experiencia creo haber encontrado la solución. Como escritor puedo quedarme callado. Como lector puedo mentirte de que nunca leí tu relato de septiembre… pero como ser humano, he encontrado lo que creo será mejor que pedirte una disculpa o esperar tu perdón.
Algún día… no muy lejano, iré a Madrid. Lo primero que haré será localizarte e invitarte una, dos, tres, cuatro…. muchas cervezas. ¿Dónde? En el Pub de Penny obviamente. ¿Mi objetivo y con lo cual encontraré paz y tranquilidad? será el de emborracharte… pues creo que sólo así y de esa manera, lograré que sin ningún resentimiento me digas… amigo LAVA.
Gracias por leerme… y nos vemos en Madrid.
Cuando dice el protagonista: “Ahora que lo pienso con la frialdad que sólo da el tiempo, puedo decir que lo que hice fue una verdadera locura.” pensé que después iba a desarrollar un thriller cuando llega a la aldea, pero no fue así, acabó como en el silencio de la nieve y esa tranquilidad que da. Saludos, sigo leyendo.
Uff, me da no sé qué que te vayas a leer todo el blog, debe ser cansado de narices y, además, extremadamente repetitivo. Uff… pero muchas gracias, muchas gracias. Al final de todo me vas a conocer más que yo a mí mismo. Un abrazo.