
Un viejo relojero judío preocupado por las estrellas.
Un tren atestado de miedos sin culpa, raza diferente.
Auschwitz, a casitas de madera se dibuja el infierno.
Él, que siempre entendió el tiempo,
De las manos el tiempo le volaba,
El tiempo se paraba y el tiempo volvía a correr.
¿Cómo se miden los latidos en ese momento?
¿Cómo se atrapa el aliento entre alambradas encerrado?
La orgía más cruel nunca vista,
Todos los judíos, todos los romanos y todos los Jesús crucificados.
Todos nosotros el Judas de las 30 monedas,
Por consentimiento, a quien corresponda,
Y el resto, aunque sólo sea por la vergüenza.
Pero fue el pueblo de la tierra prometida
Al que quitaron la piel a tiras y no a nosotros.
De ellos cocinaron sus entrañas, nosotros descubrimos
Qué somos capaces de hacer si tiramos
La balanza al suelo y la rompemos en mil pedazos.
Relojero desubicado, relojero que no entiende
Cómo procede el tiempo allí, donde
La gente anda marcada por la Estrella de David.
Un triángulo rojo, sangre,
Y otro triángulo amarillo, energía que se apaga.
Relojero que no entiende, relojero cada vez más flaco.
Soñaba con un reloj que atajase todas las incoherencias.
Murió sin tener respuesta a sus plegarias,
Sin dar los minuteros sentido a su existencia.
¿Cómo pudimos consentirlo?
