
Cada día me bajaba del cercanías a las 6:47 minutos, todavía con un cielo en penumbra y unos ojos que se me pegaban. La estación en la que me apeaba era al aire libre, con lo cual lo primero que advertía al descender era un golpe de calor o de frío, dependiendo de la época del año en la que nos encontráramos.
Realizar a diario la misma ruta a la misma hora para ir al trabajo, hacía que coincidiera casi siempre con las mismas caras, los mismos agobios y los mismos malhumores. Día a día se repetían; siempre éramos los mismos, un grupo de amigos (aunque no lo éramos) que lo único que nos unía era el aburrimiento y la pereza del viaje. El grupo en sí era heterogéneo, lo conformábamos gentes de todas las edades, estratos sociales y sexos. Nunca nos saludábamos, pero con la mirada cada uno de nosotros pasaba una especie de revista imaginaria para comprobar si faltaba alguien. Cuando esto sucedía, nos preguntábamos qué le podía haber pasado al que no estaba, ¿habrá caído enfermo?, ¿lo habrán despedido? O, simplemente, ¿habrá perdido el tren? A saber.
Yo, las pocas veces que no pude coger ese enlace, por alguna de las circunstancias expuestas, me quedaba con media sonrisa, pensando que ese día sería a mí al que echarían en falta. Y es que era justamente eso, cuando alguno faltaba, se le echaba de menos.
Claro que, a lo largo de los meses y de los años, había bajas, alguna muy sensible, pero también altas, gente que se incorporaba a nuestra familia bien avenida. Entre las bajas recuerdo a una niña que cuando empezó a hacer ese trayecto no tendría más de 7 u 8 años, y que cuando nos abandonó debía tener 18 y una universidad que le esperaba. Al principio era una de esas niñas rebeldes y revolucionarias que no paran un instante quietas, de ésas a las que hacen vestir con falda a cuadros y corbata azul marino. Una pequeña revoltosa. Hubo un tiempo en el que tuvo la pierna derecha escayolada y ni así se dejaba llevar por la prudencia. Sin embargo, con los años esa niña asentó la cabeza, como suele decirse, y se convirtió en una chica aplicada que conseguía estudiar sin desconcentrase en medio de la vorágine del vagón. Y quien dice estudiar dice leer los folletines rosa que leía, que, supongo yo, serían novelitas de amor ñoño para adolescentes. Las devoraba. No me cabe la menor duda de que esa chica estará hoy labrándose un futuro prometedor.
Podría pasarme el día entero hablándoles de todos y cada uno de los que me rodearon a lo largo de esos años; hubo carteros (carteristas también), enfermeras, obreros, maestros… hubo de todo un poco, pero no voy a pararme a desgranar sus historias, sólo quiero contarles una pequeña anécdota sobre un tipo que ni siquiera formaba parte de nuestro grupo.
Como les he comentado al principio, me bajaba del cercanías a eso de las 6:47 de la mañana, de lunes a viernes. Pues bien, desde hacía año y medio, aproximadamente, justo en el momento del descenso de las escaleritas, veía a lo lejos a un chico que todavía no debía haber entrado en el club de los treinta, vestía ropas holgadas de colores llamativos y siempre corría para alcanzar al tren antes de que se marchase. Nunca lo conseguía. Ni un solo día. Ni uno. Cuando llegaba, se paraba, y se reclinaba, apoyando las manos sobre sus rodillas y con respiración enérgica recobraba el aliento. Al poco, se incorporaba, miraba al horizonte y veía como el tren se diluía al fondo. Sonreía. Y se encendía un cigarro. Cada día hacía exactamente lo mismo. Igual. No podía evitar ralentizar mis pasos al máximo para ver ese ritual diario. Sentía curiosidad por ese chico. ¿Por qué no salía de casa unos minutos antes? Con ese tiempo le bastaría para subirse al tren. ¡Un minuto! ¿Por qué no lo hacía?
Un día ya no pude contenerme e hice lo que nunca antes había hecho, hablar, interactuar con una de las personas que observaba cada día.
-¿Por qué? –le dije, casi avasallándolo.
-¿Por que qué? –me contestó extrañado, pero divertido.
-Sí, ¿por qué nunca llega a tiempo? Llevo observándole un año y medio y…
-Ya –dijo como haciendo que entendía.
-Antes de que todo esto acabe quiero…
-Oiga, señor, mire…
-No. No quiero quedarme con esta incertidumbre hasta el día que me muera, ¿comprende?
-Sí. No. Creo que sí… pero no. La verdad es que no entiendo nada de lo que dice.
Entonces intenté calmarme, intenté, también, explicarle como si fuera un niño pequeño los pormenores, lo del grupo, le expliqué eso, lo de mi vida como observador perspicaz de las personas que me rodeaban durante mi largo viaje hacia el trabajo. Y creo que me entendió, mis palabras sonaron altas y claras, aunque para nada afectadas, sonaron como las de un policía que relata los hechos de un crimen pasional con cierta frialdad. Él me escuchó atentamente, no hizo ni un solo amago de dejarme con la palabra en la boca, ni me dijo que estaba loco. Todo lo contrario, asentía e iba imaginando a través de mi relato los detalles que nos habían llevado a juntarnos aquella mañana.
Cuando terminé, el chico volvió a sonreír y me dijo que de ninguna de las maneras iba a dejarme con la incertidumbre, y que claro que iba contarme por qué hacía cada mañana el mismo esfuerzo inútil por coger el tren.
Me comentó que trabajaba como informático freelance (o algo así) para varias multinacionales y que su vida desde que se levantaba hasta que se acostaba era muy estresante, y que el hecho de perder el tren, le daba 9 minutos estupendos para desconectar antes del agobio. En aquel breve espacio de tiempo veía el inicio del amanecer (algunos meses, otros no), y siempre observaba la línea del horizonte como si eso le tranquilizara, como si esperase que algo de allí le fuera a dar una sorpresa. Me confesó que lo que realmente hacía era autoconvencerse de que la vida podía ser maravillosa. A eso dedicaba los 9 minutos. Fumaba y meditaba.
-Con esos 9 minutos, señor, cargo las pilas.
El día siguiente fue mi último día de trabajo, me llegó la jubilación. Cogí puntual el cercanías, pero esa vez me levanté de mi asiento 9 minutos antes de la parada y fui, uno a uno, despidiéndome de los miembros del grupo. A la mayoría le pareció un detalle entrañable. A mí también, claro. Fue muy bonito estrecharnos las manos, darnos abrazos y besos. Sí, fue muy emotivo compartir por primera vez algo con aquellos desconocidos que conocía tan bien.
Al bajar del tren, esperé a mi amigo que venía a la carrera. Cuando llegó, le di los buenos días y esperé a que recobrase el aliento. Sonrió y yo sonreí. Y allí nos quedamos viendo amanecer juntos por primera y última vez.
Ahora, que ya estoy jubilado y que no es estrés lo que siento, procuro a diario encontrar momentos de paz, de quietud. Momentos en los que simplemente dejo pasar el tiempo, momentos en los que cargo las pilas y me autoconvenzo de que la vida es maravillosa. Me va mucho mejor desde que lo hago. Mucho mejor. Ya lo creo.
Autor Fotografía: kevindooley

Un relato con reflexión… tal vez todos necesitaríamos de esos nueve minutos para ver las realidades de otra manera. Tuve el placer de leer este relato hace unos meses y tuve una corazonada. ya sabeís aquello de nuestro sexto sentido… pues me da, que este relato va a llegar a mucha gente.
A veces cuando me preguntan si me gusta un relato. Si es uno como este que me ha encantado, digo un ¡No! rotundo y se me quedan mirando con cara perpleja… me refiero a que no es mío, que me hubiese encantado ser yo la que lo escribiese. Asi que mí más sincera enhorabuena.
Silencio. Alguien pasa. El cuero del zapato cruje al dejar todo su peso sobre la arena que cubre el suelo.
¿Su nombre? Qué importa. Es otro desconocido entre la masa que puebla las ciudades. Tú, él, yo. Todos somos nadie y alguien lo es todo.
A veces me gusta ver la vida en modo “macro”.
Muchas gracias, Núria, por tu comentario. Como tú bien dices todos somos alguien. En este caso mi personaje es alguien que está perdido y que recupera el norte gracias a encontrar a una persona que no conocía. ¡Nunca es tarde!
El transporte público es una parrilla de ideas muy extensa. A veces, cuando voy al centro me acurruco en los autobuses, trenes y metro y observo. Pero no es lo mismo que tener esa gran no-familia, esos rostros con sus historias que ya conoces o inventas un día tras otro.
Cuidada cada frase y muy cercana. Disfruté el texto. Un saludo
Este cuento, además, fue escrito ahí, en el metro, rodeado de toda esa no-familia que me observaba intrigada, supongo que se preguntarían que qué demonios escribía mientras les miraba de reojo. ¡Muchas gracias!